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El día viernes fuimos invitados a la función de prensa del galardonado título de Disney-Pixar: Coco. Para nuestra suerte, dicha función fue proyectada en el auditorio de las oficinas de Disney en Argentina, dándonos la oportunidad de conocerlas y ver en vivo las estatuas en escala 1:1 que poseen de los Avengers. Por desgracia no pudimos acercarnos y tomarnos fotografías, ya que el acceso es limitado al personal. Ahora entremos en lo que nos compete, el largometraje.

Después de 2 años de no presentar historias originales (ya que las últimas dos fueron secuelas, Buscando a Dory y Cars 3), Pixar nos sorprende con la historia de Miguel Rivera, un niño de 12 años que es parte de una familia tradicional mexicana pero con una peculiaridad: odian la música. Luego de una breve introducción en que nos relatan la historia de los Rivera, y el fundamento de dicho odio, nos adentramos en el día en que Miguel cambiaría para siempre su vida.

Los Rivera eran zapateros desde las más antiguas generaciones, aunque sus principios tuvieran tintes musicales. Impulsado por la frase de su ídolo Ernesto de La Cruz, el cantante más famoso de México, Miguel decide dejar sus tradiciones familiares y aventurarse en la búsqueda de sus propios sueños. Llegado el Día de los Muertos, la tradicional fecha en donde las familias mexicanas honran a sus ancestros y se reúnen con ellos, Miguel decide participar de un festival de música que se dará en el centro de Santa Cecilia (pueblo en donde transcurre la película). Ante el rechazo de su familia, nuestro protagonista descubre que su destino musical está sellado por sus antepasados, ya que Ernesto de la Cruz es tu tatarabuelo.

Luego de que Miguel robara la guitarra de su tatarabuelo, para poder participar del festival, es hechizado y transportado al mundo de los muertos. Aquí comienza la verdadera aventura, y donde se dispara la película, por lo que el resto no lo contaremos para que puedan disfrutarlo en el cine.

Dentro de toda la historia nos encontramos con varios personajes que sirven de refuerzo para el protagonista. Algunos le enseñan cosas, como Héctor, su guía en el mundo de los muertos, hasta Dante, el torpe perro, su fiel compañero desde el mundo de los vivos. Teniendo en cuenta que la premisa de la película es la familia y sus costumbres, es lógico que veamos en ambos mundos el mismo carácter duro de los parientes de Miguel. Vamos a ver los números en ambos lados, siendo 6 o 7 los vivos, y otros muertos, que interactúan de la misma forma con él, recordándole siempre el desprecio por la música. Así es que el único bastión que tiene el pequeño es Ernesto de La Cruz, a quien debe hallar en la tierra de los no-vivos.

Fiel a su trabajo, Pixar siempre respeta los detalles que involucran costumbres culturales, y en este caso, nos sumerge en un mundo de los muertos colorido, lleno de alegría, música y festejo.

Pixar no duda en hacer una película familiar que habla de la muerte de una forma tan clara a través de un humor que mezcla lo dulce con lo macabro pero que logra su cometido, que es mostrar a los más pequeños (y a los no tanto) que la muerte no siempre se trata de tristeza y angustia, sino que puede ser un pasaje a un rencuentro con nuestros seres queridos en un lugar en donde se celebra lo vivido.

Unkrich, su director, presenta la cultura mexicana en todo su esplendor a través de una de sus más preciadas tradiciones en un momento en donde su país ningunea tanto esa cultura (pero no hablemos de política aquí).

En la película no podían faltar las referencias a los iconos mexicanos como Frida Kahlo, El Santo, Cantinflas, Diego Rivera, María Félix, entre otros; casi como un homenaje de lo que han hecho en la tierra de los vivos.

A través de personajes entrañables se cuenta una historia en constante movimiento, en donde la música también se hace presente. Con canciones bien al estilo mexicano como “La llorona”  o “Un poco loco” nos vamos familiarizando con la historia de Miguel y su búsqueda por ser el mismo, para luego caer ante los pies de “Recuérdame”, una canción que a través de sus diferentes versiones, nos lleva en una montaña rusa de sensaciones que culmina en el más primitivo de los sentimientos y nos muestra una vez más que las películas de Pixar no solo son para niños.

A medida que transcurre la película, esperamos el momento de emoción, pero este no llega hasta el final en donde nos sorprende con la guardia baja y nos da un golpe al corazón ante el cual es imposible resistirse. Pero esto se produce sin caer en los típicos lugares gastados, sino logrando una naturalidad en donde todo fluye con una sencillez tan aplastante que te atrapa.

La historia pasa por todos los estados y nos encanta, y esto gracias a un equilibrio entre las tradiciones mexicanas y una anécdota que divierte y emociona. Todo esto sin perder de vista lo esencial de la misma, el poder del recuerdo de los seres queridos.

En pocas palabras, Coco lo tiene todo. Es divertida, vibrante y cuando menos lo esperas te hace llorar. Visualmente es maravillosa y aborda la cultura mexicana de una manera fascinante. Todo esto hace que uno salga del cine secándose las lágrimas pero con una sonrisa de esperanza y entendiendo porque el nombre de la película es ese y no otro, ya que en ella se encierra la esencia de la misma.